¡Al primero que se mueva...! ¡Pum!

¡Al primero que se mueva...! ¡Pum!

Carlos Soria Galvarro

Simón ha dicho muy serio: compañeros, hay que apresurar la reunión, el golpe está en marcha, adoptaremos algunas medidas organizativas y debemos desconcentrarnos...

Las radios ya se ocuparon de propalar la determinación del paro y del bloqueo, ahora quieren tomarla los de Canal 7 televisión... se encienden reflectores y funcionan las cámaras...¡todo parece tan irreal...!

Primero fue un estallido aislado, seco y cortante, interrumpiendo la lectura... Las miradas se cruzan, no hay tiempo siquiera para que alguien pregunte qué es lo que pasa. Comienzan las ráfagas, persistentes y continuas... los cristales se desploman. Nada es ficticio, las balas se incrustan en puertas y paredes... ¡no estamos ni espectando ni filmando una película...! Estampida general, todo el mundo corre, o más bien se arrastra, hacia arriba, hacia abajo, atrás, adelante. Pero es inútil, estamos rodeados. El edificio de la COB se ha convertido en una auténtica boca de lobo. Marcelo, desde el suelo —su palidez era la palidez de la muerte— enseñándome su revólver: esto es pretexto para que me limpien... Sí hermano, moviendo la cabeza antes que hablando, mientras veo que su mano de artista alcanza al de su lado el pequeño objeto metálico que pasa de mano en mano y es ocultado en los escombros (después sabría, Marcelo, que no necesitaron de ese pretexto para limpiarte).

Quizá en esos instantes comenzaron mis intentos de evadirme de la realidad. Quiero convencerme de que estoy ausente... Aunque, no es eso precisamente, estoy aquí pero desde otra dimensión. Soy apenas un espectador invisible. A un ser irreal no se puede golpear ni matar, seré un testigo imparcial que después contará todo lo que está pasando. Por momentos la táctica me da resultados: veo los miedos terribles en los rostros de los demás y no descubro mi propio miedo... y vaya si debo tenerlo. No estoy venciendo el pánico, cuando más trato de ocultarlo detrás de una pasividad total, de un completo dejar hacer.

Somos el vivo retrato de la impotencia. Y la imprevisión. Copados por un comando paramilitar a pocos minutos de haber decretado lo que todos creíamos las medidas salvadoras: huelga general y bloqueo de caminos. Descendemos las gradas en fila con las manos en alto (Marcelo y Carlos no llegaron hasta la calle, tampoco Gualberto, que estaba en el patio trasero). Es la primera vez que veo un “paramilitar”, luego existen, no son seres inventados... El que tengo cerca presiona mis costillas con el caño de su metralleta, como casi todos lleva una polera de cuello alto... ¿Sirve acaso de algo intentar su “identikit”?... Digamos por lo menos que en la comisura de sus labios tenía marcas de espuma, saliva desecada... ¿estuvo mascando chicle?... ¿estará bebido o drogado?... lo que no puede ocultar es que tiene un susto atroz, está poseído por el miedo. Me sonrío para mis adentros... ¿existirá un aparato para medir la tensión de los nervios provocada por el miedo?... este sujeto batiría todos los récords... Pero... estamos con los brazos vacíos en alto y él tiene una metralleta FAL, apretada en su costado... el dedo índice posado sobre el gatillo. Y, así, ¡qué importan los temores que pueda cobijar su cuerpo retorcido y trasnochado...! Él y sus amigotes son los dueños de la situación.

La calle está desacostumbradamente desierta para un jueves a mediodía... Aunque sólo una parte de la calle, claro, ahora lo veo mejor. La gente se está reuniendo y comienza a agitarse en las bocacalles próximas. Gritos y silbidos. Lejos, una primera piedra que se aproxima rebotando en el pavimento... Tienen más miedo que nosotros, se aterrorizan con las piedras que ni siquiera alcanzan a llegar... carajazos vociferantes entre ellos, todos parecen mandar a todos, disparos al aire. Cuando avanzamos por la vereda, rumor de pasos increíblemente veloces hacia la puerta abierta de un edificio lateral (después Oscar Eid me diría: "no fue mi mente la que decidió escapar, fueron mis pies"). ¿Habría sido mejor el terror supremo de esos segundos de carrera enloquecida hasta la portezuela metálica, o la inercia de lo desconocido a la que somos empujados?... De todas maneras ya no hay elección posible; como se arrea al ganado, somos empujados a los vehículos estacionados en la calzada...

Allí prosiguió la cadena de asombros. Carros blancos nuevecitos con grandes cruces verdes pintadas en los costados. No estamos ni enfermos ni heridos todavía, pero las sirenas de las ambulancias truenan en el aire guiando la columna. Nosotros, apilados en el piso, amontonados como leña, encañonados, golpeados, silenciosos y circunspectos... Interrogo casi al oído a Cayetano Llobet sobre la suerte de Marcelo y él me responde con una seña cabalística: la mano extendida y la punta de sus dedos imitando un cuchillo que pasa por el cuello.

Sólo al acercarnos a la Facultad de Medicina parecen percatarse de lo grotesco de la situación... hacen señas y se gritan mutuamente: ¡Oculte su arma, cojudo! Vuelvo a sonreír para mi coleto; esto es un secuestro sin duda, pero cientos de personas tienen que haber visto el insólito espectáculo de una caravana de locas ambulancias con forajidos armados asomando por las ventanillas. Decenas más tienen que haber visto por cuáles portones abiertos desaparecieron casi sin disminuir su velocidad... ¿De qué servirán, sin embargo, estas observaciones...? ¿Quién o quiénes se ocuparán de investigar y esclarecer lo que está sucediendo?

—¡Bajarse, señores!

Ni bien descendemos se desata la golpiza general. Ya no tienen miedo, se sienten a sus anchas, como en su casa, hasta se ríen. Están apurados (deben ir a Palacio y no se cuidan de decirlo). Se saben protegidos y ostentan un aire de triunfo. Adentro, en el hall del Gran Cuartel, manos contra la pared, no mirar a ninguna parte (vista al mar), entregar cinturones, corbatas, dinero, papeles, cordones de zapatos, relojes, todo lo que traigan...

—¡Ahora van a ver, huevones!

No hemos vuelto a saber nada de Lechín (casi nadie recordará después el momento de su desaparición). Simón Reyes es la cabeza más visible. La miel para las moscas... Sangra profusamente por la nariz y la boca. Antes de recibir una andanada de golpes que me nubla la visión, logro alcanzarle mi pañuelo.

¡Vista al mar...! nuevamente en toda la regla: manos a la nuca, los ojos en el suelo (¡qué me estás mirando, huevón!), rodillas dobladas, torso inclinado hacia adelante, descalzos y en hilera. Descendemos por patios, corredores y oficinas de la ciudadela militar de Miraflores, la sede más conspicua del Alto Mando Militar. A trasmano, algunas gradas. Después... olor a guano de caballos, penetrante, con reminiscencia a verdes campos... a desfiles del 6 de agosto con excremento depositado impúdicamente en mitad del asfalto... ellos no saben de fechas cívicas ni conocen los símbolos patrios, ¿verdad?

¡Vista al mar, cojuditos...! ¡Y nada de hacerse los machos!..........................................¡Al primero que se mueva...! ¡Pum!

 

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