El día que argentinos y bolivianos celebraron con sicuris

Abdel Padilla

Esperaron pacientemente su retorno como el campesino que sabe que la tierra también debe descansar para dar más frutos.

Cuando llegó, la arroparon con mensajes de bienvenida, entrevistas, notas de prensa y la expectativa hambrienta: las entradas gratuitas que se ofrecieron por internet se agotaron en menos de media hora.

El sábado de 20 de mayo de 2017, a las 8 de la noche, la potosina Luzmila Carpio pisó el vientre de madera de la sala Sinfónica Ballena Azul del Centro Cultural Kirchner, el centro cultural más grande de América Latina.

Dos mil personas, la mayoría argentinos, la esperaban tocando zampoñas, bailando y cantando sicuris, un ritmo –quién iba a pensarlo– que ha cruzado las fronteras de los enclaves de la comunidad boliviana en Buenos Aires para ser parte de manifestaciones culturales y populares locales.

Querían escuchar a quien en 2015 fue destacada como la artista y compositora indígena más prolífica de América del Sur por la revista Rolling Stone, que destacó su trabajo Yuyay Jap’ina en la lista de los diez mejores discos latinos de ese año. Querían ver a quien compartió escenario con Lord Yehudi Menuhin, Miriam Makeba y Mercedes Sosa. Querían conocer a la artista boliviana más celebrada de los últimos tiempos.

Ella ingresó con un vestido de bayeta negra, manta roja, sombrero de lana de oveja y abarcas, el traje típico de las mujeres del Norte de Potosí, región de donde proviene, y que le dio lo que necesitaba para cantar y componer: la tierra-la Pachamama; los sembradíos; su charango; una madre indígena, trabajadora y alguna vez discriminada; y los pájaros, cuyos trinos aprendió a imitar de niña.

En dos horas de concierto presentó lo principal de su reciente repertorio Celebración, una muestra que entre huayños, sicuris y yaravis repasa los ritmos de sus 45 años de carrera, 25 discos y 120 composiciones. Luzmila le cantó en quechua a la Pachamama, a las montañas milagrosas, a los niños, a los animales, al agua y a la mujer.

Recordó a su amiga Mercedes Sosa luciendo un collar que ella le regaló antes de morir. Habló del mar cautivo boliviano y abogó por sus nueve compatriotas detenidos el 19 de marzo en la frontera con Chile, país al que pidió “obrar de corazón”.

Ya en la última parte del concierto, el público, que varias veces amagó ponerse de pie para celebrar su arte, quedó cautivado con el final de Arawi, “un himno a la armonía del mundo”, que acaba con un tono agudo que ni el quenista que la acompañaba pudo alcanzar. Entonces, todo fue fiesta. Muchos dejaron las butacas y se armaron bailes y una ronda improvisada de sicuris debajo del escenario, al que Luzmila debió volver en tres ocasiones.

Al final se fue como llegó: despedida y celebrada por argentinos y bolivianos cantando y bailando sicuris, el ritmo bonaerense de moda.

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