Exiliados de la salud, migrar con cáncer (audio)

Maribel Zúñiga y Abdel Padilla
 
Nuestra salida de Bolivia fue en realidad una huida. Luego de varios meses peregrinando por hospitales públicos y consultas privadas, los médicos de un hospital de La Paz detectaron una masa en el abdomen de la menor de nuestras hijas y decidieron operarla para tomar una muestra. El día de la operación uno de ellos faltó y la cirugía se postergó. Fue un viernes.
El domingo, a sugerencia del pediatra de la familia y sin informar al hospital, partimos con nuestras dos hijas hacia la Argentina con un diagnóstico de pesadilla: un riñón con función disminuida, el riesgo de que se desate una embolia durante el vuelo y un tipo de cáncer prácticamente confirmado.
Las niñas creían que iban de vacaciones, nosotros sabíamos que comenzaba el peor de nuestros calvarios.
La huida se había consumado y el exilio estaba en marcha.
 
En La Paz dejamos una casa comprada hace no más de cinco años, una vagoneta Suzuki modelo 95 con el cartel de “se vende”, platos sin lavar y camas sin tender. Y también se quedaron Canela y Bruno, las mascotas de las niñas, la primera con los abuelos y el segundo con las tías.
Del vuelo solo recordamos que fueron tres horas interminables, que mentimos en Migración y que agradecimos al tocar tierra por que en el cielo no pasara nada.
En Buenos Aires nos recibió un familiar y un departamento de dos ambientes utilizados hasta ese día como depósito, dos camas de una plaza, un sillón, una mesa y un televisor de pantalla curva. Tuvimos suerte porque la mayoría llega sin saber dónde dormirá esa noche y qué comerá ese día.
 
El lunes 17 de noviembre de 2014, muy temprano, nos dirigimos al Hospital Juan Pedro Garrahan, en el barrio Parque de los Patricios.
Antes de entrar, nos detuvimos por unos segundos. Verlo tan grande nos inspiró confianza pero también nos recordó un temor que nos martirizaba desde que salimos de Bolivia: que nos rechazaran por ser extranjeros.
Ingresamos al hospital como lo hace cualquier argentino, por Emergencias o Guardia. Enseguida, tres cosas nos llamaron la atención: el poco tiempo de espera, el buen trato y una frase que, si habría sido escrita, debiera estar en el frontis de cualquier hospital pediátrico del mundo: “El único requisito para que su hija sea atendida acá es que esté enferma”. Nos lo dijo la oncóloga de turno que nos recibió cuando le confesamos que éramos extranjeros. Desde ese momento volvimos a creer en los ángeles.
Aunque sentimos una extraña mezcla de alegría y desesperanza, habíamos logrado el primer objetivo: ser aceptados en el mayor hospital pediátrico argentino, y quizás latinoamericano.
Por fuera, el Garrahan es más que un enorme edificio, es un complejo vivo desplegado en un manzano, cercado por calles y jardines, que se conectan con pasadizos laterales y un ingreso frontal para confluir en un atrio, que ya por dentro, se asemeja a la cubierta de un barco. Desde ahí se extienden pasillos de color naranja, violeta, azul, rojo, verde y amarillo, que identifican y conducen a cada servicio médico. Este último, el amarillo, lleva al sector oncológico.
Ahí se atienden casi el 35% de los casos de cáncer infantil de la Argentina, además de pacientes con este problema que provienen de países limítrofes, entre ellos Bolivia.
 
Las primeras señales
Nuestra historia comenzó a fines de febrero de 2014, durante el largo y esperado feriado de Carnaval. Esos días nuestra hija se quejó de un leve dolor en la pierna derecha, que al inicio pensamos era una molestia pasajera, sin embargo fue la tímida señal de algo peor.
En el cáncer es el silencio el que mata. En realidad, el cuerpo habla pero la persona no escucha. En el caso de los niños, los padres generalmente detectan estas señales pero la mayoría de los médicos, al inicio, las aminoran, y son muy pocos los que se animan a ir más allá de la receta basada sólo en síntomas clínicos.
Cansancio repentino, falta de apetito, manchas que se confunden con golpes, náuseas y vómitos que se justifican con mala digestión... Todos son síntomas de algo pasajero pero pueden ser señales de algo más si van juntas.
El dolor en el muslo pasó o nuestra hija quiso ocultarlo, pero la molestia volvió y se hizo cada vez más recurrente. Luego vinieron las infecciones urinarias y las fiebres prolongadas.
Esto nos obligó a peregrinar durante semanas por consultorios médicos, laboratorios y remedios caseros, no sólo en La Paz sino también en Santa Cruz. A veces, en un mismo día, pasábamos de las prescripciones de medicamentos innombrables al mate de coca de la abuela; y de los análisis en laboratorios a los masajes nocturnos maternos.
Al cabo de algunos meses y de un rosario de resultados laboratoriales, se determinó que nuestra hija tenía una hidronefrosis en el riñón derecho, es decir una inflamación de este órgano, que en realidad no es una enfermedad, pero sí una señal de que algo malo estaba pasando.
Ese algo tomó forma palpable a fines de noviembre de 2014, cuando un médico amigo detectó una pequeña masa en el abdomen de nuestra niña.
Desde aquel leve dolor en la pierna derecha hasta el diagnóstico clínico de la enfermedad, y luego de innumerables visitas médicas, pasaron 10 largos meses.
Nuestro caso no es el único. Las historias de las familias con hijos o hijas con este problema que salimos de Bolivia parecen calcadas: diagnósticos imprecisos y tardíos, que en algunos casos toman más de dos años.
Si a esto se suman los tratamientos de costos prohibitivos y la falta de equipos, especialistas y medicamentos, tenemos una combinación maligna que hace que la migración no sea una opción, sino un cruel destierro.
 
“Señor, llora conmigo...”
La primera internación fue casi de un mes, entre noviembre y diciembre de 2014, una de las más prolongadas del tratamiento. La mayoría de los análisis hechos en Bolivia durante 10 meses, debimos repetirlos en solo un par de semanas: hemogramas, ecografías, tomografías e interconsultas con otras especialidades.
Luego de tres semanas de internación, el jueves 15 de diciembre de 2014, la oncóloga nos llamó a una reunión privada.
Las malas noticias antes que oírlas uno las adivina en los ojos del mensajero. Frío y taquicardia anuncian lo inevitable. Una especie de ritual al pie del altar de la ciencia, una ceremonia íntima entre la médica y nosotros, que comienza con la mala noticia y termina con la clasificación y estadio del tumor.
Este es un momento clave y constitutivo porque de ello depende el tipo de tratamiento y el temido pronóstico, que a la vez marca los límites entre la medicina y la fe, límites que generalmente no se respetan.
La biopsia confirmó la enfermedad, pero con un pronóstico de vida: entre 8 y 9 de cada 10 niñas se curan.
Cuando salimos de La Paz nos dijeron que había un 1% de probabilidad de que no fuera cáncer, y en Buenos Aires el pronóstico decía que había entre 80 y 90% de posibilidad de curación. Para nosotros, las cifras se dieron vuelta y esa era la señal que esperábamos.
 
Cuando un padre se entera que su hija tiene cáncer lo primero que se pregunta es “por qué”, “por qué a mí”, “por qué a mi familia”, pero especialmente “por qué a una niña”. En medio de la incertidumbre y la penumbra solo quedan dos caminos: victimizarse, que es como perder antes de comenzar, o creer que todo saldrá bien y caminar para adelante sin mirar atrás.
Si bien es un momento en el que todos vemos hacia el horizonte, no existe una reacción que sea igual a la otra. Como fuere, es el inicio de algo nunca vivido, pero siempre temido. No hay manuales a mano ni consuelo que sea suficiente. Lo más cercano son personas que pasaron por esto o conocen a alguien que lo hizo, y en eso no hay duda: siempre hay quien conoce a alguien que tuvo cáncer.
Luego pasamos del sentimiento de culpa a la necesidad creer y vivir. Ahí es cuando uno sabe de qué está hecho.
Ese día hice la mayor de las apuestas, me acerqué a una de las ventanas del hospital y oré: “Señor, sólo te pido una cosa: cuando todo termine, llora conmigo… de felicidad”.
 
El estigma
Sabíamos que era el momento de hablar sobre el tema con nuestra hija. Pero cómo explicarle a una niña qué es el cáncer y por qué ella lo tenía.
La metáfora más próxima que encontramos fue la del monstruito que invade el cuerpo, que es como Estela Coleoni, hemato-oncóloga del Instituto Oncológico del Oriente Boliviano, en Santa Cruz, lo explica a sus pequeños pacientes.
“Se llama cáncer porque es una célula que tenía funciones normales pero que, de pronto, por un mecanismo externo, se transforma en una célula maligna. Estas células se clonan para formar, en los tumores sólidos, una masa, y en los tumores líquidos se disemina por la médula ósea. Lo malo del cáncer es que invade otros tejidos y los destruye; es como un monstruito dentro de nuestro cuerpo”.
Se dice del cáncer que es toda una lotería, que a cualquiera le puede pasar. En el caso de los adultos, cuya incidencia es de 4.000 por un millón, existen factores de riesgo como el tabaquismo o el sedentarismo, sin embargo en niños y niñas quizás nunca se sabrá con precisión por qué forman parte de esos 150 casos anuales de entre un millón.
Según datos oficiales, Bolivia también tiene nivel de incidencia similar a los registros mundiales de cáncer infantil, siendo las leucemias (cáncer en la sangre), linfomas (en el sistema inmunitario) y retinoblastomas (en la retina) los tres tipos principales.
Sin embargo, el “monstruito” que invade el cuerpo no es pedagógicamente suficiente frente al estigma del concepto como sinónimo de muerte.
No es una tarea fácil limpiar la imagen del cáncer, ya que tenemos en frente a la televisión, la familia, los amigos, las redes sociales y hasta cierto personal de salud que todos los días nos recuerdan lo contrario. Nunca olvidaremos la reacción de una enfermera que nos vio desanimados y algo anémicos y nos advirtió que nos cuidáramos porque “nos íbamos a morir antes que la nena”. El problema es que lo dijo delante de ella.
Sin duda fue un comentario involuntario pero reflejo al fin de una sociedad trabajada lentamente por la metáfora militar a la que se recurre para hablar de esta enfermedad, y a la que hacía referencia Susan Sontag en su libro La enfermedad y sus metáforas:
Esas “células invasoras” que se combaten con un “arsenal” de medicamentos para librar una “batalla” de la que todos queremos que el paciente salga “vencedor”. Por lo tanto, no estamos ante un tratamiento, sino ante una “guerra”, y en una guerra hay heridos y bajas.
 
Y como toda “guerra”, la que se libra contra al cáncer es costosa, incluso millonaria, ya que los tratamientos pueden ir desde miles hasta un millón de dólares. Lo dice el responsable del Servicio de Hematología y Oncología del Hospital Garrahan, Pedro Zubizarreta.
–     Tanto así, ¿puede un tratamiento oncológico costar más de un millón de dólares?
–     Sí. Un niño que tiene una enfermedad complicada, que requiere medicamentos caros, que recae, que necesita un trasplante de médula ósea no relacionado, la búsqueda del donante a nivel internacional, el donante que es de Alemania, el transporte de la muestra, sin olvidar posibles complicaciones.
Si eso sorprende, quizás lo haga más el hecho de saber que gran parte de estos costos en Argentina y en hospitales como el Garrahan son cubiertos por el Estado.
Es por ello que existe la presunción de que el económico es el motivo principal por el que las familias bolivianas y de otros países migran hacia la Argentina, lo que en algunos casos es cierto y en otros no, ya que muchos padres y madres viajan sin saber de la gratuidad del servicio y solo en busca de una oportunidad de vida para sus seres queridos.
–     Tú sabías que el tratamiento era gratuito, le preguntamos a María, una música profesional cochabambina, a cuya hija de 13 años, detectaron en 2014 un tumor de wilms, pegado a uno de sus riñones.
–     No, no sabía. Recién te enteras cuando empiezas a hacer el tratamiento de que es una enfermedad millonaria. Por lo menos en Bolivia, cada tomografía o resonancia te sale 1000 dólares, 1.500 si lo haces en un mejor lugar. Y cuántos de estos estudios necesitamos durante años y años.
 
“Vete del país”
No existe un registro, en ninguno de los dos países, de cuántas familias de niños bolivianos con problemas oncológicos migran cada año hacia la Argentina. El hasta hace poco cónsul general boliviano en Buenos Aires, Ramiro Tapia, estima que podrían ser entre 10 y 15 familias por año.
Lo que sí se conoce es que el porcentaje de extranjeros atendidos en el Hospital Garrahan es del 1%, que si bien es un porcentaje bajo, “frente a los casi 27 mil egresos y 320 mil consultas representa un número interesante, la realidad es que ese 1% implica tratamientos de mayor complejidad, por lo tanto de mayor costo”, dice Ana Brun, directora de Atención al Paciente de este hospital.
En el Garrahan se tratan alrededor del 35% de los casos de cánceres infantiles de la Argentina, unos 420 nuevos al año. Entre ellos, pacientes de otros países como Paraguay, Uruguay, Perú, Colombia y Bolivia.
En el caso boliviano, la gente migra porque la salud pública, propiamente dicha, no existe, y lo que se llama Seguro Universal de Salud protege solo a una parte de la población, por ejemplo menores de cinco años, cuyos tratamientos, incluidos los oncológicos, son en gran parte cubiertos. La pregunta es: qué pasa con los mayores de cinco años.
“Como Estado todavía no podemos cubrir todos los gastos, hacemos el esfuerzo para que lleguen los medicamentos más caros, por ejemplo la L-Asparaginasa, que cuesta 2.200 bolivianos por unidad (algo más de 300 dólares). Pero tenemos que ser muy conscientes de que eso no es suficiente, por ello es importante reconocer el apoyo de la cooperación internacional a través de diferentes fundaciones”.
La cooperación a la que se refiere el que hasta hace algún tiempo fuera el responsable nacional de Enfermedades no Transmisibles del Ministerio de Salud de Bolivia, Adolfo Zárate (la entrevista se la hizo mientras aún estaba en dichas funciones), es la que ofrecen grupos de voluntarios que han decidido ponerse sobre las espaldas el peso de cubrir gran parte de los tratamientos médicos de casos de cáncer pediátrico, es decir cumplir con una función que en otros países la hace el Estado.
–     ¿Por qué lo hacen, por qué asumen una función que le corresponde al Estado?
–     Porque si no lo hacemos, los niños se mueren, responde Susana Bedregal de la Fundación San Luis, que trabaja directamente con el Hospital del Niño de la ciudad de La Paz, al que provee de medicamentos y de otros insumos para los distintos tratamientos.
Esta ausencia de Estado no sólo deriva en las migraciones forzosas sino también en que muchos pacientes abandonen sus tratamientos o que sus padres soliciten su alta al no poder pagar los elevados costos.
Estas prácticas no son una excepción, al grado que en centros de referencia como el Hospital del Niño en La Paz, el porcentaje de abandono pase del 30%, lo que también incrementa la tasa de mortalidad.
La desesperación es tanta que muchas veces es la propia oncóloga quien sugiere la salida del paciente a otro país.
“Por eso la gente se va del país y a veces nosotros los mandamos, porque sabemos que ese niño va a necesitar resonancia y radioterapia, y les decimos ‘vete porque aquí, aunque tenga el conocimiento, no voy a poder ayudarte’. Porque sabemos que una resonancia te cuesta más de 6 mil bolivianos (cerca de mil dólares) y una radioterapia eso o más, dependiendo de cuánto tienen que irradiarse, y la gente no tiene ni para comer. Además, no tenemos un equipo ni la gente preparada para dar radioterapia adecuada a los niños, o sea que estamos en pañales”.
Las palabras son de Beatriz Salas, responsable del Servicio Pediátrico Oncológico del Hospital del Niño de Cochabamba, una de las cinco oncólogas pediatras del país, que día a día enfrentan desafíos de una enfermedad cuyos casos se multiplican, pero no los medios para combatirla.
 
 
Sin embargo, cuando un padre o una madre en Bolivia se entera que su hijo tiene cáncer, migrar a otro país no es la primera opción porque la mayoría decide quedarse, de hecho, si cruzamos los datos del Ministerio de Salud y el Consulado Boliviano en Buenos Aires, tenemos que, con suerte, solo un 10% de los casos nuevos sale del país.
Quedarse, sin embargo, implica saber que el tratamiento tendrá un costo elevado, que algunas interconsultas con otras especialidades o estudios deberán hacerse fuera del hospital o que sus hijos perderán al menos un año de colegio. Es decir que no contarán con un tratamiento gratuito e integral.
Y lo del colegio no es un dato menor. Entre las tantas cosas que agradeceremos a Argentina es que mientras nuestra hija hacía el tratamiento en el hospital, tenía una profesora hospitalaria; y mientras estaba en casa, tenía una profesora domiciliaria. Es decir, que no perdió el año escolar ni su derecho a la educación. En Brasil sucede lo mismo, pero en Bolivia, exactamente lo contrario.
La pérdida del derecho a la educación por un caso de enfermedad, “es algo que deberíamos reflexionar como sociedad y Estado”, dice Víctor Hugo Cárdenas, exvicepresidente de la nación y cuyo menor fue diagnosticado con un osteosarcoma, cáncer en el hueso, que fue tratado en un hospital público del Brasil.
 
“Mamá, ¿esa soy yo?”
Del primer año de tratamiento, los seis primeros meses fueron los peores. Las visitas diarias de madrugada al hospital, las internaciones de noches interminables al pie de la cama, los pinchazos que dejan callos en las venas, las quimioterapias que tiran las defensas por los suelos, las fiebres inesperadas, las continuas transfusiones, las inevitables punciones lumbares, las dietas insípidas, los juguetes empolvados y las casas convertidas en claustros con pequeños habitantes de miradas quebradas detrás del barbijo y debajo de una gorra… Y la inevitable caída del pelo.
Si la muerte es la estampa del estigma social del cáncer, perder el cabello y usar barbijo, es su marca. Lo del barbijo lo superamos cuando la convencimos de que ese pedazo de tela blanca era como tener una máscara, como las que usábamos en las fiestas. Lo del cabello, en cambio, nos costó un poco más.
Fue durante nuestra primera salida al zoológico de Palermo, a mediados de 2015, una salida que la familia esperaba con ansias. Habría sido la mejor visita que hasta ese momento hicimos en Buenos Aires, si no fuera porque, al final, nuestra niña pidió entrar al baño y fue la primera vez que se vio de cuerpo entero en un espejo. Lo único que preguntó fue: “mamá, ¿esa soy yo?”
Muchos padres y madres se rapan el cabello para así acompañar a sus hijos. Otros, los menos y en especial si son niñas, usan pelucas. La mayoría, opta por gorras y sombreros. Como fuere, es un tiempo corto porque, como los propios oncólogos lo repiten y los padres lo constatamos y los niños lo celebran: “el cabello vuelve a crecer, y mucho más lindo”.
 
Se extraña todo
Este momento es quizás cuando más se siente el destierro porque se extraña todo: la familia, los amigos, la tierra, la comida… Todos lamentamos no poder seguir el tratamiento en Bolivia en las mismas condiciones, pero somos conscientes de que no podemos volver, no aún.
Unos pocos viajan temporalmente para ver a sus otros hijos o hermanos, y hay quien se anima a seguir el proceso en su ciudad de origen. De algunos de ellos no supimos más y a otros los vimos regresar a Buenos Aires al poco tiempo.
Viajar para reencontrarse con la hermana o el hermano, o el padre que se quedó a trabajar es parte del tratamiento, si no lo es debiera serlo, ya que el desarraigo deprime y la depresión baja defensas.
Nosotros tuvimos la suerte y el valor de venir con toda la familia. Fuimos una excepción, ya que la mayoría sufre la fragmentación familiar, como fue el caso de Juana, de Oruro.
“Dejar a mi hija mayor en Bolivia es una de las cosas que más me duele. Nos comunicamos, pero no es lo mismo. Está con un familiar, pero no sé si alimenta bien, a qué hora vuelve a casa o si tiene un novio. Sería más fácil si ella estuviera acá”.
Con el tiempo, algunas de las familias hacen un esfuerzo y se reunifican. Fue el caso de Juana.
Una vez que la familia ya está unida, sucede otro fenómeno igual de complejo: la adaptación a un medio, personas, costumbres y modismos que nos son, por lo menos al inicio, ajenos.
La primera sensación es el recelo, luego sorpresa y finalmente la constatación de que nos parecemos más de lo que pensábamos.
 Desde luego, como en cualquier otra nación, también hay discriminación:
“A veces cuando vas en el bus o en la calle, no falta quien te recuerde que les estamos quitando camas en los hospitales a los argentinos, y aunque ellos saben que eso no es del todo cierto, ya te lo dijeron”, dice Doris, de Santa Cruz, cuya hija fue diagnostica con leucemia.
El otro gran problema es la vivienda. “Si alquilas, es muy caro; si vives con un familiar no es en las mejores condiciones, por ejemplo en el uso del baño, que para niños oncológicos debe ser, en la medida de lo posible, exclusivo”, aclara Lucía, de Potosí.
“Una noche salimos del hospital a las 10 de la noche, no sabíamos dónde íbamos a dormir ni qué hacer. Sólo nos pusimos a llorar mientras mi esposo buscaba un alojamiento cercano y barato”, cuenta Julia, de Tarija
 
Un triángulo virtuoso
El segundo año las visitas al hospital fueron semanales, la quimioterapia la recibimos por vía oral, la dieta aún exigía cuidado pero la sal volvió a la mesa, el barbijo lo usábamos solo para salidas al hospital y la gorra, otra vez al armario. Pero, sin duda, lo mejor fue la vuelta al colegio, nuevos amigos y una nueva vida.
Esta es la fase de los controles a través de hemogramas o análisis de sangre. La condición para seguir adelante es que el hemograma oscile entre dos mil y cuatro mil glóbulos blancos, ni más ni menos, es decir que toda la fe de la historia familiar está hipotecada en ese rango. Desde entonces esa hipoteca la pagamos en cada control.
Para entonces, ya aprendimos a vivir dentro de un triángulo casi virtuoso que se convertirá en uno de los secretos del éxito: en un vértice la atención médica integral, en otro la buena alimentación y en el tercero la familia y el soporte espiritual.
Y sobre esto último, todos tenemos algo que contar: la persona desconocida que apareció de repente para darnos un consejo o solo un abrazo; el versículo marcado luego de abrir una página de la biblia al azar; los sueños; las continuas llamadas de gente con los que habíamos hablado una sola vez en la vida, que van a contramano del olvido de los amigos de siempre.
 
“No más cartas de agradecimiento”
Nadie quiere internarse en un hospital fuera de su país, pero lamentablemente, por lo menos por ahora, esto seguirá sucediendo. Y para evitar que más gente sufra la enfermedad pero además el desarraigo, una palabra es clave: corresponsabilidad. Que cada Estado haga su parte de manera responsable.
El argentino ya lo hace salvando vidas. La pregunta es: por qué si los indicadores económicos de Bolivia son los mejores de la región, aún no tenemos salud pública, gratuita e integral. Qué dice Luis Arce Catacora, actual ministro de Economía, pero dejó el cargo por un tiempo, precisamente luego de que se le diagnosticara un cáncer de riñón, que se lo trató en el Brasil. 
–     Ministro, si nuestros indicadores económicos están tan bien, ¿por qué no se reflejan en los indicadores sociales? Es decir, ¿por qué aún no tenemos salud pública gratuita e integral?, le preguntamos en una de sus visitas a Buenos Aires.
–     Lo que hay que entender es que, según la Constitución, la salud es una responsabilidad compartida, no solo es el Gobierno Nacional, sino también los gobiernos departamentales y los municipios. Lo mejor va a ser que, de una vez, modifiquemos y que demos a uno solo la responsabilidad total de la educación y de la salud. De todo el tema de salud que se haga cargo, por ejemplo, el Gobierno Nacional.  
En tanto Bolivia resuelva el problema de salud muchas personas, como el ministro Arce, seguirán saliendo del país en busca de ayuda en Estados amigos.
El problema es que ni siquiera estas personas se sienten amparadas por el Estado boliviano. Y este no es un reclamo solo de las familias migrantes sino de los propios hospitales argentinos, como lo alude la responsable de Atención al Paciente del Hospital Garrahan.
“Hemos recibido muchas cartas de agradecimiento y no nos interesan cartas de agradecimiento, lo que nos interesa es que si un paciente tiene que quedarse en Buenos Aires, nos ayuden desde los consulados y las embajadas a darles las condiciones para hacerlo, que se cubran sus necesidades sin que tengamos que estar diciendo hay que tramitar un documento argentino o derivarlos a Desarrollo Social”, dice Brun.
 
El cáncer se cura
Llegar al tercer año de tratamiento es una de las etapas más felices porque dejamos la quimioterapia y las tabletas, y empezamos a hacer solo controles, primero cada semana y luego cada mes. Al ingresar al cuarto año los controles se hacen cada dos meses y luego serán cada tres y seis. El quinto año será la gloria porque, si todo sale bien, el alta es definitiva.
Han pasado cuatro años desde que llegamos a la Argentina, un país que hemos adoptado como nuestra segunda nación y al que estaremos eternamente agradecidos porque nuestra hija renació en esta tierra.
A hospitales como el Garrahan, miles de familias les debemos algo más sagrado que nuestras vidas: la vida de nuestros hijos e hijas.
En este tiempo hemos sufrido tristeza y desarraigo, pero también hemos sentido la mano amiga y aprendido que la esperanza vive y que el cáncer tiene cura.
El 24 de diciembre de 2018, cuatro años, un mes y 10 días después decidimos volver. Los cambios son abismales: llegamos a Buenos Aires con dos niñas y volvimos con dos jovencitas, que ya no querían retornar. Ya lo dijo Tomás Eloy Martínez: en cualquier proceso migratorio, lo difícil es el retorno.
 
Ese día, uno antes de Navidad, me asomé a la ventana de mi casa, en La Paz, y oré: “Señor, sólo te pido una cosa: llora conmigo… de felicidad”.
 
© Lo que se calló
 
 
 

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