Exiliados, migrar con cáncer (crónica)

 
Maribel Zúñiga y Abdel Padilla
 
Nuestra salida de Bolivia fue prácticamente una huida. Luego de varios meses peregrinando por hospitales públicos y consultas privadas, los médicos de un hospital de La Paz detectaron una masa en el abdomen de la menor de nuestras hijas y decidieron operarla para tomar una muestra. El día de la operación uno de ellos faltó y la cirugía se postergó. Fue un viernes.
 
El domingo, a sugerencia de un familiar y sin informar al hospital, partimos con nuestras dos hijas hacia la Argentina con un diagnóstico de pesadilla: un riñón con función disminuida, un posible coágulo de sangre que amenazaba desatar una embolia durante el vuelo y un tipo de cáncer prácticamente confirmado.
 
Las niñas creían que iban de vacaciones, nosotros sabíamos que comenzaba el peor de nuestros calvarios.
 
La huida se había consumado y el exilio estaba en marcha.
 
 
En La Paz dejamos una casa de tres dormitorios, jardín y chimenea, comprada hace cinco años; una vagoneta Suzuki modelo 95 con el cartel de “se vende”; platos sin lavar y camas sin tender. Y también se quedaron Canela y Bruno, las mascotas de las niñas, la primera con los abuelos y el segundo con la tía.
 
Del vuelo solo recordamos que fueron tres horas interminables, que mentimos en Migración y que agradecimos al tocar tierra por que en el cielo no pasara nada.
 
En Buenos Aires nos recibió un familiar y un departamento de dos ambientes utilizados hasta ese día como depósito, dos camas de una plaza, un sillón, una mesa y un televisor de pantalla curva.
 
Ese día comimos poco y no dormimos casi nada.
 
El lunes 17 de noviembre de 2014, muy temprano, nos dirigimos al Hospital Juan Pedro Garrahan, en el barrio Parque de los Patricios de la capital bonaerense. 
 
Antes de entrar, nos detuvimos por unos segundos. Verlo tan grande nos inspiró confianza pero también nos recordó un temor que nos martirizaba desde que salimos de Bolivia: que nos rechazaran por ser extranjeros.
 
Ingresamos, como lo hace cualquier argentino, por Emergencias o Guardia. Tres cosas nos llamaron la atención enseguida: el poco tiempo de espera, el buen trato y una frase que, si habría sido escrita, debería estar en el frontis de cualquier hospital pediátrico del mundo: “El único requisito para que su hija sea atendida acá es que esté enferma”. Nos lo dijo la oncóloga de turno que nos recibió cuando le dijimos que éramos extranjeros. Desde ese momento volvimos a creer en los ángeles.
 
Aunque sentimos una extraña mezcla de alegría y desesperanza, habíamos logrado el primer objetivo: ser aceptados en el mayor hospital pediátrico argentino.
 
 
El Garrahan es más que un enorme edificio. Por fuera es un complejo vivo desplegado en todo un manzano cercado por calles y jardines, conectados por pasadizos que confluyen hacia un atrio, que, ya por dentro, se asemeja a la cubierta de un barco. Desde ahí se despliegan pasillos de color amarillo, naranja, violeta, azul, rojo y verde, que identifican y conducen a cada servicio médico. El amarillo lleva al sector oncológico.
 
Cuando llegamos, hace tres años, las niñas y niños con cáncer aún se internaban con el resto de los pacientes en las salas de Cuidados Intermedios y Moderados (CIM), hoy en cambio cuentan con un moderno Centro de Atención Integral al Paciente Hemato Oncológico (CAIPHO), que es como tener un hospital superespecializado dentro de otro que ya es especializado.
 
El contar con un lugar así, ya es una gran diferencia entre Bolivia y la Argentina, aunque el concepto clave, como veremos más adelante, es el de “atención integral”.
 
 
Las señales
Un dolor pasajero en el muslo derecho de una niña de siete años, más aún si se presentaba en el viaje soñado durante el largo feriado de Carnaval, a fines de febrero de 2014, no alcanzaba ni para la anécdota, menos si era la primera vez que se quejaba por ello. Sin embargo, en su caso, fue la tímida señal que dio inicio a tres años eternos.
 
En el cáncer es el silencio el que mata. En realidad, el cuerpo habla pero la persona no escucha. En el caso de los niños, los padres generalmente detectan estas señales pero la mayoría de los médicos, al inicio, las aminoran, y son muy pocos los que se animan a ir más allá de la receta basada sólo en síntomas clínicos.
 
Cansancio repentino, falta de apetito, manchas que se confunden con golpes, náuseas y vómitos que se justifican con mala digestión... Todos son síntomas de algo pasajero pero pueden ser señales de algo más si van juntas.
 
El dolor en el muslo pasó o la pequeña quiso ocultarlo, pero la molestia volvió y se hizo cada vez más frecuente. Luego vinieron las infecciones urinarias y las fiebres prolongadas.
 
Esto nos obligó a peregrinar durante semanas por consultorios médicos, laboratorios y remedios caseros, no sólo en La Paz sino también en Santa Cruz. A veces, en un mismo día, pasábamos de las prescripciones médicas y los medicamentos innombrables al mate de coca de la abuela; o de los análisis en laboratorios públicos y privados a los masajes nocturnos maternos.
 
Al cabo de algunos meses e informes de análisis como naipes, se determinó que nuestra hija tenía una hidronefrosis en el riñón derecho, es decir una inflamación de este órgano, que en realidad no es una enfermedad, pero sí una señal de que algo malo estaba pasando.
 
Ese algo tomó forma palpable a fines de noviembre de 2014, 10 meses después de la primera señal: una pequeña masa en el abdomen de nuestra niña.
 
Y es que las historias de los bolivianos que llegamos a la Argentina con hijos o hijas con este problema parecen calcadas: diagnósticos tardíos e imprecisos, tratamientos de costos prohibitivos, falta de equipos y de medicamentos.
 
Una combinación maligna que hace que la migración no sea una opción, sino un cruel destierro, un dramático exilio de un sistema de salud que nos expulsa hacia países como Chile, Perú, Brasil, Estados Unidos y Argentina.
 
Las nuestras –las que conocerán a continuación con nombres cambiados– son historias de mujeres y hombres, madres y padres, niñas y niños, que salimos de Bolivia sin pasaje de retorno y sin itinerario de viaje. Y si migrar ya es un salto al abismo, migrar con cáncer es el abismo mismo.
 
Si nos organizaríamos por nuestra ciudad de origen podríamos formar toda una selección boliviana de migrantes bolivianos: La Paz, Oruro, Potosí, Tarija, Sucre, Santa Cruz y Cochabamba.
 
El mosaico es igual de diverso si nos presentamos por clase social, religión, color de piel, oficio, actividad o profesión. En este tiempo nos hemos encontrado con un obrero, una comerciante, una música, un médico, un taxista, una periodista, una abuelita y hasta un exvicepresidente de la nación.
 
De todos ellos, este último, Víctor Hugo Cárdenas, vicepresidente de Bolivia entre 1993 y 1997, es el único de la lista que en lugar de elegir Argentina optó por Brasil, donde actualmente hace tratamiento su hijo menor, diagnosticado el 2016 con un osteosarcoma, cáncer en el hueso.
 
En su caso, la primera señal fue un golpe en el hombro derecho de su niño, con una inflamación que no cedía y con un dolor que aumentaba. Si bien el cáncer fue confirmado en un hospital de La Paz, el exvicepresidente y su familia decidieron sacar a su hijo hacia el Brasil ante la decisión médica en un hospital paceño de amputar el brazo, extremidad que no fue afectada en el vecino país.
 
En las leucemias, como fue el caso de la hija de una joven pareja cruceña, fueron los moretones repentinos en las piernas las primeras señales de la enfermedad. Ellos no lo pensaron dos veces y, a sugerencia de un familiar, dejaron todo y llegaron a Buenos Aires en el verano de 2015. Al poco tiempo, con la ayuda de un amigo y un GPS, él logró encontrar trabajo de taxista, actividad con la que también se ganaba la vida en Santa Cruz.
 
También con leucemia fue diagnostico el hijo mayor de Marco, un médico potosino radicado en la ciudad de Sucre. Ni siquiera él pudo identificar y esquivar las carencias del sistema público de salud boliviano, ya que la enfermedad de su hijo, que el 2014 tenía 11 años, fue identificada casi 10 meses después de reportarse el primer síntoma. 
   
El diagnóstico de la nieta de doña Nieves, la única abuelita que conocimos, es un retinoblastoma o cáncer de retina, que comenzó con una mancha blanca en las pupilas de la niña y cuya madre confundió a un inicio con un lunar.
 
Tanto la abuelita como la nieta provenían de Cochabamba, ciudad de donde también es María, una música profesional a cuya hija de 13 años detectaron en 2014 un tumor de wilms, adosado a uno de sus riñones. El hallazgo lo hizo casualmente un ecografista luego de que la niña pasara por las manos de varios especialistas médicos de al menos dos ciudades capitales de Bolivia, quienes antes diagnosticaron desde resfríos hasta otitis.
 
Algo similar le pasó a Juana, de Oruro, a cuyo hijo mayor le encontraron un craneofaringioma, un tumor en el cerebro que no pudo ser tratado en esa ciudad por lo que fue derivado a La Paz, y finalmente a Argentina.
 
A Julia, de Tarija, también la derivaron a La Paz, pero todo se puso cuesta arriba por el extraño caso de rabdomiosarcoma vaginal que tenía su pequeña hija de cuatro años. En la Sede de Gobierno le dijeron que como el tipo de cáncer era extraño iban a “aplicar un tratamiento experimental”. Esto la obligó a retornar a Tarija a reunir algo más de dinero hasta que finalmente salieron hacia la Argentina en febrero de 2014. Entre las primeras consultas en Tarija, la visita fallida a La Paz y el viaje a Buenos Aires, pasaron dos largos años.
 
Todos ellos, todos nosotros, nos encontramos en algún momento en los pasillos de espera del Garrahan, con diagnósticos distintos, tratamientos disímiles, condiciones sociales y económicas variadas pero hermanados por una misma bandera, origen y condición: ser parte de un grupo aún pequeño pero cada vez más numeroso de exiliados de la salud.
 
 
El diagnóstico
La primera internación fue casi de un mes, una de las más prolongadas del tratamiento. La mayoría de los análisis hechos en Bolivia durante meses, debimos repetirlos en solo un par de semanas: hemogramas, ecografías, tomografías e interconsultas con otras especialidades.
 
Luego de tres semanas de internación, el jueves 15 de diciembre de 2014, la oncóloga nos llamó a una reunión privada.
 
Las malas noticias antes que oírlas uno las adivina en los ojos del mensajero. Frío y taquicardia anuncian lo inevitable. Una especie de ritual al pie del altar de la ciencia, una ceremonia íntima entre ella y nosotros, que comenzó con la mala noticia y terminó con la clasificación y estadio del tumor.
 
Este es un momento clave y constitutivo porque de ello depende el tipo tratamiento y el temido pronóstico, que a la vez marca los límites entre la ciencia y la fe, límites que no siempre se respetan.
 
La biopsia confirmó el cáncer, pero con un pronóstico de vida: entre 8 y 9 de cada 10 niñas se curan.
 
Cuando salimos de La Paz nos dijeron que había un 1% de probabilidad de que no fuera cáncer, y en Buenos Aires el pronóstico decía que había entre 80 y 90% de probabilidades de curación. Para nosotros, las cifras se dieron vuelta y esa era la señal que esperábamos.
 
Cuando un padre se entera que su hija tiene cáncer lo primero que se pregunta es por qué, por qué a mí, por qué a mi familia, pero especialmente por qué a una niña. En medio de la incertidumbre y la penumbra solo quedan dos caminos: victimizarse, que es como perder antes de comenzar, o creer que todo saldrá bien y obrar en consecuencia.
 
Ese día hice la mayor de las apuestas, me acerqué a la ventana y oré: “Señor, sólo te pido una cosa: cuando todo termine, llora conmigo… de felicidad”.
 
Si bien es un momento en el que todos vemos hacia el horizonte, no existe una reacción que sea igual a la otra. Como fuere, es el inicio de algo nunca vivido, aunque siempre temido. No hay manuales a mano ni consuelo que sea suficiente. Lo más cercano son personas que pasaron por esto o conocen a alguien que lo hizo, y en eso no hay duda: siempre hay quien conoce a alguien que tuvo cáncer. Luego pasamos del sentimiento de culpa a la necesidad creer y vivir. Y es cuando uno sabe de qué está hecho.
 
 
El estigma
Sabíamos que era el momento de hablar sobre el tema con nuestra hija. Pero cómo explicarle a una niña qué es el cáncer y por qué ella lo tenía.
 
La metáfora más próxima que encontramos fue la del monstruito que invade el cuerpo, que es como Estela Coleoni, hemato oncóloga del Instituto Oncológico del Oriente Boliviano, en Santa Cruz, lo explica a sus pequeños pacientes.
 
“Se llama cáncer porque es una célula que tenía funciones normales pero que, de pronto, por un mecanismo externo, se transforma en una célula maligna. Estas células se clonan para formar, en los tumores sólidos, una masa, y en los tumores líquidos se disemina por la médula ósea. Lo malo del cáncer es que invade otros tejidos y los destruye, es como un monstruito dentro de nuestro cuerpo”.
 
Se dice del cáncer que es toda una lotería, que a cualquiera le puede pasar. Lo que nunca se sabrá, específicamente en el caso pediátrico, es por qué un niño o una niña forman parte de esos 150 casos anuales de entre un millón. No sucede lo mismo con los adultos, cuya incidencia es de 4.000 por un millón, ya que existen otros factores, como el hereditario o el tabaquismo, que explican la aparición de la enfermedad.  
 
Según datos oficiales, la incidencia de cáncer infantil en Bolivia es similar a los parámetros mundiales, siendo las leucemias, linfomas y retinoblastomas los tres tipos principales.
 
Sin embargo, el monstruito que invade el cuerpo no es pedagógicamente suficiente frente al estigma del concepto como sinónimo de muerte.
 
No es una tarea fácil limpiar la imagen del cáncer, ya que tenemos en frente a la televisión, la familia, los amigos y hasta cierto personal de salud que todos los días nos recuerdan lo contrario. Nunca olvidaremos la reacción de una enfermera que nos vio desanimados y algo anémicos y nos dijo que nos cuidáramos porque “nos íbamos a morir antes que la nena”.
 
Sin duda fue un comentario involuntario pero reflejo al fin de una sociedad trabajada lentamente por la metáfora militar a la que se recurre para hablar de esta enfermedad, y a la que hacía referencia Susan Sontag en su libro La enfermedad y sus metáforas.
 
Esas “células invasoras” que se combaten con un “arsenal” de medicamentos para librar una “batalla” de la que todos queremos que el paciente salga “vencedor”. Por lo tanto, no estamos ante un tratamiento, sino ante una “guerra”, y en una guerra hay heridos y bajas.
 
Y como toda “guerra” es costosa, incluso millonaria, ya que los tratamientos pueden ir desde miles hasta un millón de dólares. Lo dice el responsable del Servicio de Hematología y Oncología del Hospital Garrahan, Pedro Zubizarreta.
 
–      Tanto así, ¿puede un tratamiento oncológico costar más de un millón de dólares?
–      Sí. Un niño que tiene una enfermedad complicada, que requiere medicamentos caros, que recae, que necesita un trasplante de médula ósea no relacionado, la búsqueda del donante a nivel internacional, el donante que es de Alemania, el transporte de la muestra, sin olvidar posibles complicaciones.
 
Si eso sorprende, quizás lo haga más el hecho de saber que gran parte de estos costos en Argentina y en hospitales como el Garrahan son cubiertos por el Estado.
 
Es por ello que existe la presunción de que el económico es el motivo principal por el que las familias bolivianas y de otros países migran hacia la Argentina, lo que en algunos casos es cierto y en otros no, ya que muchos padres y madres viajan sin saber de la gratuidad del servicio y solo en busca de una oportunidad de vida para sus seres queridos.
 
–       Tú sabías que el tratamiento era gratuito, le preguntamos a María, de Cochabamba
 
–       No, no sabía. Recién te enteras cuando empiezas a hacer el tratamiento de que es una enfermedad millonaria. Por lo menos, en Bolivia cada tomografía o resonancia te salen 1000 dólares, 1.500 si lo haces en un mejor lugar. Y cuántos de estos estudios necesitamos durante años y años.
 
 
Pocos pero costosos
No existe un registro, en ninguno de los dos países, de cuántas familias de niños bolivianos con problemas oncológicos migran cada año hacia la Argentina. El hasta hace poco cónsul general boliviano, Ramiro Tapia, estima que podrían ser entre 10 y 15 familias por año.
 
Lo que sí se conoce es que el porcentaje de extranjeros atendidos en el Hospital Garrahan es del 1%, que se bien es un porcentaje bajo, “frente a los casi 27 mil egresos y 320 mil consultas representa un número interesante, y la realidad es que ese 1% implica tratamientos de mayor complejidad, por lo tanto de mayor costo”. Lo dice Ana Brun, directora de Atención al Paciente de este hospital.
 
En el CAIPHO del Garrahan se tratan el 32% de los casos de cánceres infantiles de la Argentina, unos 420 nuevos al año. Entre ellos, pacientes de otros países como Paraguay, Uruguay, Perú, Colombia y Bolivia.
 
En el caso boliviano, la gente migra porque simplemente la salud pública, propiamente dicha, no existe, y lo que se llama Seguro Universal de Salud protege solo a una parte de la población, por ejemplo menores de cinco años, cuyos tratamientos, incluidos los oncológicos, son en gran parte cubiertos. La pregunta es: qué pasa con los mayores de cinco años.
 
“Como Estado todavía no podemos cubrir todos los gastos, hacemos el esfuerzo para que lleguen los medicamentos más caros, por ejemplo la L-Asparaginasa, que cuesta 2.200 bolivianos por unidad (algo más de 300 dólares). Pero tenemos que ser muy conscientes de que eso no es suficiente, por ello es importante reconocer el apoyo de la cooperación internacional a través de diferentes fundaciones”.
 
La cooperación a la que se refiere el que hasta hace poco fuera el responsable nacional de Enfermedades no Transmisibles del Ministerio de Salud de Bolivia, Adolfo Zárate (la entrevista se la hizo mientras aún estaba en dichas funciones), es la que ofrecen grupos de voluntarios que han decidido ponerse sobre las espaldas el peso de cubrir gran parte de los tratamientos médicos de casos de cáncer pediátrico, es decir cumplir una función que en otros países la hace el Estado.
 
–      ¿Por qué lo hacen, por qué asumen una función que le corresponde al Estado?
–       Porque si no lo hacemos los niños se mueren, responde Susana Bedregal de la Fundación San Luis, que trabaja directamente con el Hospital del Niño de la ciudad de La Paz.
 
 
Esta ausencia de Estado no sólo deriva en las migraciones forzosas sino también en que muchos pacientes abandonen sus tratamientos o que sus padres soliciten su alta al no poder pagar los elevados costos.
 
Estas prácticas no son una excepción, al grado que en centros de referencia como el Hospital del Niño en La Paz, el porcentaje de abandono pase del 30%, lo que también incrementa la tasa de mortalidad.
 
La desesperación es tanta que algunas veces es la propia oncóloga quien sugiere la salida del paciente a otro país.
 
“Por eso la gente se va del país y a veces nosotros los mandamos, porque sabemos que ese niño va a necesitar resonancia y radioterapia, y les decimos 'vete' porque aquí, aunque tenga el conocimiento, no voy a poder ayudarte. Porque sabemos que una resonancia te cuesta más de 6 mil bolivianos y una radioterapia eso o más, dependiendo de cuánto tienen que irradiarse, y la gente no tiene ni para comer. Además, no tenemos un equipo ni la gente preparada para dar radioterapia adecuada a los niños, o sea que estamos en pañales”.
 
Las palabras son de Beatriz Salas, responsable del Servicio Pediátrico Oncológico del Hospital del Niño de Cochabamba, una de las cinco oncólogas pediatras del país, que día a día enfrentan desafíos de una enfermedad cuyos casos se multiplican, pero no los medios para combatirla.
 
 
Cuando un padre o una madre en Bolivia se entera que su hijo tiene cáncer, migrar a otro país no es la primera opción porque la mayoría decide quedarse, de hecho, si cruzamos los datos del Ministerio de Salud y el Consulado Boliviano en Buenos Aires, tenemos que, con suerte, solo un 10% de los casos nuevos sale del país.
 
Quedarse, sin embargo, implica saber que el tratamiento tendrá un costo elevado, que algunas interconsultas con otras especialidades o estudios deberán hacerse fuera del hospital o que sus hijos perderán al menos un año de colegio. Es decir que no contarán con un tratamiento gratuito e integral.
 
Y este último aspecto no es menor. Entre las tantas cosas que agradeceremos a Argentina es que mientras nuestra hija hacía el tratamiento en el hospital, tenía una profesora hospitalaria; y mientras estaba en casa, tenía una profesora domiciliaria. Es decir, que no perdió el año escolar ni su derecho a la educación. En Bolivia, sucede exactamente lo contrario.
 
 
Triángulo virtuoso
Del primer año de tratamiento, los seis primeros meses fueron los peores. Las visitas diarias de madrugada al hospital, las internaciones de noches interminables al pie de la cama, los pinchazos que dejan callos en las venas, las quimioterapias que tiran las defensas por los suelos, las fiebres inesperadas, las continuas transfusiones, las inevitables punciones lumbares, las dietas insípidas, los juguetes empolvados y las casas convertidas en claustros con pequeños habitantes de miradas quebradas detrás del barbijo y debajo de una gorra… Y la inevitable caída de pelo.
 
El segundo año las visitas al hospital fueron semanales, la quimioterapia la recibimos por vía oral, la dieta aún exigía cuidado pero la sal volvió a la mesa, el barbijo lo usábamos solo para salidas al hospital y la gorra, otra vez al armario. Pero, sin duda, lo mejor fue la vuelta al colegio, nuevos amigos y una nueva vida.
 
En esta fase, el hemograma o estudio de sangre debe oscilar entre dos mil y cuatro mil glóbulos blancos, ni más ni menos, es decir que toda la fe de la historia familiar está hipotecada en ese rango. Y desde entonces esa hipoteca la pagamos en cada control.
 
Para entonces, ya aprendimos a vivir dentro de un triángulo casi virtuoso que se convertirá en uno de los secretos del éxito: en un vértice la atención médica integral, en otro la buena alimentación y en el tercero, la familia y el soporte espiritual.
 
Este momento es quizás cuando más se siente el destierro porque se extraña todo: la familia, los amigos, la tierra, la comida… Todos lamentamos no poder seguir un tratamiento en Bolivia en las mismas condiciones, pero somos conscientes de que no podemos volver, no aún.
 
Unos pocos viajan temporalmente para ver a sus otros hijos o hermanos, y hay quien se anima a seguir el proceso en su ciudad de origen. De algunos de ellos no se sabe más y a otros los vemos regresar a Buenos Aires al poco tiempo.
 
 
Corresponsabilidad
Nadie quiere internarse en un hospital fuera de su país, pero lamentablemente, por lo menos por ahora, esto seguirá sucediendo. Y para evitar que más gente sufra la enfermedad pero además el desarraigo, una palabra es clave: corresponsabilidad. Que cada Estado haga su parte de manera responsable.
 
El argentino ya lo hace salvando vidas. La pregunta es: por qué si los indicadores económicos de Bolivia son los mejores de la región, aún no tenemos salud pública, gratuita e integral. Qué dice Luis Arce Catacora, que fue ministro de Economía por varios años, pero dejó de serlo precisamente luego de que se le diagnosticara un cáncer de riñón, que se lo trata en el Brasil. 
 
–      Señor Arce, si nuestros indicadores económicos están tan bien, ¿por qué no se reflejan en los indicadores sociales? Es decir, ¿por qué aún no tenemos una salud pública gratuita integral?
–       Lo que hay que entender es que, según la Constitución, la salud es una responsabilidad compartida, no solo es el Gobierno Nacional, sino también los gobiernos departamentales y los municipios. Lo mejor va a ser que, de una vez, modifiquemos y que demos a uno solo la responsabilidad total de la educación y de la salud. De todo el tema de salud que se haga cargo, por ejemplo, el Gobierno Nacional.
 
En tanto Bolivia resuelva el problema de salud muchas personas, como el ministro Arce, seguirán saliendo del país en busca de ayuda en Estados amigos.
 
El problema es que ni siquiera estas personas se sienten amparadas por el Estado boliviano. Y este no es un reclamo solo de las familias migrantes sino de los propios hospitales argentinos, como lo alude la responsable de Atención al Paciente del Hospital Garrahan.
 
“Hemos recibido muchas cartas de agradecimiento y no nos interesan cartas de agradecimiento, lo que nos interesa es que si un paciente tiene que quedarse en Buenos Aires, nos ayuden desde los consulados y las embajadas a darles las condiciones para hacerlo, que se cubran sus necesidades sin que tengamos que estar diciendo hay que tramitar un documento argentino o derivarlos a Desarrollo Social”.
 
 
El cáncer se cura
A hospitales como el Garrahan, miles de familias les debemos algo más sagrado que nuestras vidas: la vida de nuestros hijos e hijas, porque, que quede claro, el cáncer, y más aún el cáncer pediátrico, tiene cura.
 
Hemos llegado al tercer año de tratamiento. Es una de las etapas más felices porque dejamos la quimioterapia y las tabletas, y empezamos a hacer solo controles, primero cada semana, luego cada dos y finalmente cada mes.
 
Al ingresar al cuarto año los controles ya son cada dos meses, y luego serán cada tres, seis y cada año.
 
Han pasado cuatro años desde que llegamos a la Argentina, un país que hemos adoptado como nuestra segunda nación y al que estaremos eternamente agradecidos porque nuestra hija renació en esta tierra.
 
En este tiempo hemos sufrido tristeza y desarraigo, pero también hemos sentido la mano amiga y aprendido que la esperanza vive y que el cáncer tiene cura.
 
Ahora más que nunca estamos convencidos de que podemos alzar la bandera porque esa “ceniza negra”, como dirían Baglieto y Fandermole, ya se fue. Y si nosotros pudimos, todos pueden.
 

No comments

Filtered HTML

  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Etiquetas HTML permitidas: <a> <em> <strong> <cite> <blockquote> <code> <ul> <ol> <li> <dl> <dt> <dd>
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Plain text

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.