Jauría de hombres

Abdel Padilla
 
Salvo excepciones, todas las noches en la 12 de Octubre, en El Alto; en la intersección Piraí y Roque Coronado, Plan Tres Mil y 1 de Mayo, en Santa Cruz; o la avenida Siles en la zona de Hayhuayco, en Cochabamba, se inicia un ritual que, sin ser coordinado, tiene a los mismos protagonistas: hombres que desfilan por los pasillos de casas acondicionadas para exhibir y "alquilar" mujeres, la mayoría jóvenes, víctimas de una ceremonia cotidiana de sacrificios innecesarios para expiar las culpas de una sociedad que consiente y reproduce la violencia sexual comercial. (publicado en el segundo número de Lo que se calló en julio de 2014)
 
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Las hay de dos y hasta de tres pisos, ventanas pequeñas y puertas angostas, algunas con patios y hasta jardines de césped bien cortado. Casas con estructuras visiblemente forzadas para albergar la mayor cantidad de cuartos posibles, cada uno de tres por dos metros cuadrados.
 
Estas habitaciones parecen haber sido diseñadas por una misma mano: una cama de una plaza que casi nunca se destiende, una mesa de noche con cremas para manos, fragancias de rosas maduras y condones como lluvia. Un refresco o una cerveza en lata, una botella de alcohol medicinal, algodón y un paracetamol. Alfombras viejas y rojas como el foco central del cuarto. Paredes empapeladas con modelos de almanaque y un crucifijo solitario. Los baños son públicos y compartidos, aunque hay lugares, algo más caros, con desagües más que baños, pero privados.
 
 
Dentro, cada quien se mueve como puede, aunque la corriente de visitantes sigue generalmente un mismo sentido. Entre los "clientes" se ve por igual aquéllos con zapatos de marca o abarcas, corbatas y chompas obreras, profesionales y empleados municipales, pelo largo o corte militar, jóvenes en grupos y adultos solitarios, todos con la libido en ebullición y pendientes de su reloj o celular porque saben que tienen poco tiempo antes de volver a casa.
 
 
“Morir 15 veces por noche”
En las puertas de los cuartos, echadas en la cama o apoyadas en alguna de las jambas, ellas, casi todas jóvenes, no más de 30 años, responden a la consulta que se repite toda la noche como eco: “¿Cuánto?”
 
Los montos son variados: desde 30 hasta 50 bolivianos (no más de 10 dólares). Hay cuartos a cuyas inquilinas nunca se ve, ya que siempre están ocupadas y a puerta cerrada. Cuando uno pregunta a la vecina por qué unas son más requeridas que otras, hay dos tipos de respuestas: “No sé” o una expresión de indiferencia equivalente. Aunque no falta quien se anima y dice: “O es porque son changuitas (jovencitas) o porque no usan protección”.
 
Alquien que te ve con movimientos de principiante te explica: “Las del primer piso no son tan buenas, arriba hay mejores, al fondo cholitas y con suerte agarras changuitas”.
 
Luego de 15 minutos, que es el tiempo límite por cada relación, ellos salen sin ver al frente ni a los costados, dejan el lugar presurosos como si habrían cometido algún crimen, toman un taxi o se van caminando por alguna de las calles oscuras en los alrededores de estos escaparates humanos.
 
De los 50 bolivianos por cada relación, la administración recibe la mitad o un poco más, que justifica el alquiler del cuarto, el uso y mantenimiento de unos baños con un eterno olor a amoniaco.
 
Se calcula que algunas reciben entre 10 y hasta 20 hombres por noche, aunque si hay un promedio, un número que parece ser la marca de una agónica sentencia, es 15. “Es como morir 15 veces por noche”, comenta una de ellas que dice haber comenzado a sus 16 años.
 
 
Casas sin ventanas
La 12 de Octubre, en El Alto, es el símbolo de las “zonas rojas” de esta ciudad, que en sus aproximadamente siete cuadras se distingue por la oferta de alojamientos y tiendas barriales que ofrecen en carteles hechos a mano la “milagrosa maca”, planta conocida por sus bondades alimenticias y su potencial afrodisiaco.
 
Pero lo que hace inconfundible a la 12 de Octubre es el hormiguero que forman hombres de todas las edades alrededor de las casas de citas de puertas angostas y patios estrechos. Algo que llama la atención es que si bien algunas de estas casas tienen dos o más pisos no tienen ventanas hacia la calle. A contramano, estan también los garajes de portones por los que podría pasar un camión de alto tonelaje, con interiores de piso de cerámica, escaleras de metal y asientos de espera como en un consultorio o un banco. Algunos de estos ambientes tienen calefacción, que compite con el calor humano generado por la muchedumbre.
 
En las puertas de estos locales, de cuando en cuando, uno puede ver jóvenes sumando monedas para luego sortear entre ellos la bolsa común y el dinero necesario para hacer "pieza". 
 
Muy pocos lugares tienen seguridad privada. Tampoco se ven policías, aunque la gente comenta que suele haber redadas para buscar menores de edad, que en realidad nunca son halladas porque las batidas son muy evidentes, lo que da tiempo para que los dueños cierren el local o las jovencitas se escondan. Dos veces estuvimos por el lugar y en ninguna vimos a menores de edad.
 
 
Santiago te ve
Una realidad similar se ve en la “zona roja” de Cochabamba, en los alrededores de la avenida Siles y específicamente la plaza El Avión, en el barrio de Hayhuayco.
 
En el lugar no hay edificios, aunque sí una casa que destaca por un jardín con una ermita en medio en honor al Tata Santiago y el infaltable sapito de barro, al que se le hace fumar todos los martes o viernes.
 
“A veces —cuenta alguno de los empleados— incluso traen yatiris de La Paz que bendicen la ganancia y ahuyentan a las malas vibras”.
 
Casi todos los cuartos tienen baño privado, donde hay botiquines, condones y desinfectantes. “Todas nos cuidamos, casi todas”, señala una chica frunciendo la frente y señalando a su vecina.
 
Nunca vimos a la aludida vecina porque siempre andaba con la puerta cerrada. Salía un hombre y entraba otro, y en la fila había otros cinco esperando con fichas en mano.
 
“Se queda hasta tarde, hace entre 15 y 20 por día”, dice la de la frente expresiva.
 
En las afueras hay negocios “menores” pero con los mismos fines, camuflados algunos en karaokes, cantinas y hasta restaurantes. En algún caso es necesario subir por más de un centenar de gradas esquivando borrachos, que quedaron en el camino, ya sea en el intento de llegar o durante su "huida" a casa. 
 
 
“Nadie dice nada”
No ubicamos en Santa Cruz negocios como los de la 12 de Octubre o la plaza El Avión, pero como dice el taxista, “solo es cuestión de buscar”.
 
Con sus particularidades, los negocios son similares en la Piraí y Roque Coronado, en el Plan Tres Mil y la Villa 1 de Mayo, aunque merecen especial mención estos últimos.
 
A las cuatro de la mañana, la avenida Guevara está semivacía y si no fuera por una sucesión de locales de focos rojos y música cumbia pasaría desapercibida para el visitante.
 
En el primero de ellos, cuando aparentemente el movimiento ha menguado, hay quienes buscan a jovencitas pasadas en alcohol, mejor si son “peladingas”. Grupos de hombres de camisas de manga corta salen y entran sin que nadie controle su ingreso.
 
Algunas están aún de pie, pero otras duermen en los sillones donde hay más oscuridad. Los mozos las despiertan, mas no responden.
 
La humedad es tan perceptible como el olor a tabaco y el sudor de los recién llegados. Las paredes y el techo están deteriorados, hay que esquivar botellas para llegar al bar. También se ven parejas aisladas cerca de los ventiladores y una especie de reunión familiar en el patio, con una mujer que mientras dirige la reunión pela papas.
 
Hay una razón de ser para tanta indiferencia, que no es aislada porque se repite en los otros locales, y que la resume el taxista: “Jóvenes, a esta altura es mejor volar de acá, las peladingas ya se han ido y si te meten un balazo, nadie dice nada”.
 
 
Testimonios tomados del informe “Diagnóstico sobre violencia sexual comercial en Bolivia” (2012)
 
El Alto
“El precio es según lo que pida el cliente. La pieza cuesta Bs 30, pero si hay otros servicios llega hasta 120. A veces quieren changuitas, entonces es más carito, yo ya tengo 18 pero todavía me buscan. Vienen de todo, desde los 15 hasta los 50 años más o menos. No estudio, muy vieja soy, desde el 5º lo he dejado. No tengo familia. Más bien quiero ahorrar y poner un local así”.
 
La Paz
“Trabajamos desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde, cobramos Bs 50 por 30 minutos, dejamos 35 y nos quedamos con 15. Cuando terminamos nos vamos al colegio. Yo la he traído a ella a trabajar aquí (señala a su compañera, sonriendo) porque ella vive con sus hermanos y el mayor la ha violado, entonces se ha salido a vivir a un cuarto al ladito de mi casa. Yo estudio porque quiero salir de esto, pero a veces los profesores se faltan o son malos o nos molestan, eso aburre. Tomamos a veces porque es difícil aguantar el trabajo, pero no nos drogamos. No es bueno esto, es feo. Mi mamá cree que las dos trabajamos vendiendo ropa. Mi mamá vende periódicos y no le alcanza el dinero para mantener a mis cuatro hermanos; es buena, por eso le ayudo y me pago mi colegio”.
 
Santa Cruz
“Vivo por el noveno anillo con mi mamá y siete hermanos, que le ayudo a mantener. Mi mamá cree que trabajo como mesera y que hago turnos. Una agencia de empleos me ofreció este trabajo y acepté, me dijeron que era bonita y podía ganar bien. Bs 120 es mi tarifa, pero si el cliente es amable, rebajo hasta 80. De los 120, dejo aquí 80. Por noche saco Bs 500 a 600 trabajando de nueve de la noche a las seis de la mañana. El dueño es bueno, no se mete con nosotras. No me animo a estudiar, hace dos años lo he dejado, pero estoy ahorrando para poner mi negocio”.
 

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