La Operación Mercurio, las últimas horas de Marcelo

 
Un relato a base de testimonios, documentos, el juicio a la dictadura y libros sobre las primeras acciones del golpe de estado de García Meza, la toma de la Central Obrera y las últimas horas de Marcelo. 
 
Maribel Zúñiga y Abdel Padilla
 
Pocas veces en su historia reciente, el país soportó momentos con tanta tensión concentrada por eventos trágicos de carácter político como el primer semestre de 1980. Los atentados contra manifestaciones de la Unidad Democrática y Popular (UDP), el accidente aéreo en el que fallecen cuatro personas y resulta gravemente herido el que luego sería presidente constitucional, Jaime Paz Zamora, y, desde luego, el asesinato del sacerdote Luis Espinal, de cuyo entierro participa Marcelo Quiroga.
 
Con ese ambiente, las elecciones, convocadas para el 29 de junio, deberían ser el filtro de escape que libere los ánimos y miedos contenidos. Así lo entendía la gente que asistió a las urnas y dio un más que digno cuarto lugar a Marcelo, candidato del PS 1.
 
Sin embargo, la voz del pueblo a través del sufragio sería una vez más duramente acallada por la ya  inminente asonada militar, que se desató el 17 de julio, apenas algunas horas después de celebrarse el 171 aniversario de la gesta libertaria de La Paz.
 
La madrugada de ese día se rebeló contra el régimen constitucional una guarnición militar en Trinidad, Beni, y a ella sucedería más tarde otra en Santa Cruz.
 
Ése fue el motivo para la convocatoria, a las 10 AM, a una reunión extraordinaria del Consejo Nacional de Defensa de la Democracia (Conade), en la sede de la Central Obrera Boliviana, situada por entonces en la avenida Mariscal Santa Cruz, El Prado.
 
De ello se enteró temprano el periodista de radio Continental Carlos Soria Galvarro, al escuchar un reporte en el bus que tomó de su casa, en El Alto, hacia la hoyada. Él sabía que ese jueves sería especial, por la reunión en la COB y porque… era su cumpleaños. 
 
También temprano, entre las 7 y 7.30 de la mañana, Cristina Trigo, la esposa de Marcelo, se comunicó con Cayetano Llobet, amigo de la familia y miembro del partido, que vivía cerca de su casa, en la calle Campos. “Me informó sobre el movimiento militar del Beni, que no sabían si era un golpe o un ensayo, y que me necesitaban”.
 
“Cuando llegué a su casa, él estaba en su escritorio. Me dijo que vayamos a la COB y le pedí que no fuera, que hacerlo era asumir un riesgo innecesario, que podía ir yo con alguien más del partido, pero él me respondió: ‘Tano, hay cosas que uno no puede delegar y hay responsabilidades que se tienen que asumir personalmente’”.
 
Así resume Cayetano Llobet, las que fueron las últimas palabras que su amigo, Marcelo, compartió con él, en privado, y adelantando lo que irremediablemente sabía que iba a pasar. Una hora después, en cumplimiento del plan militar Mercurio, conocido por otros como Avispón, Marcelo sería asesinado…
 
Ocho largas horas
 
10.00
Llega a la sede de la Central Obrera Boliviana, en la avenida Mariscal Santa Cruz, el secretario ejecutivo de este ente sindical, Juan Lechín Oquendo, quien, habiendo sido convocado a esa hora para una reunión extraordinaria del Consejo Nacional de Defensa de la  Democracia (Conade), se sorprende por la suspensión del encuentro en, por menos, media hora más. Sobre las espaldas del “compañero” Noel Vásquez se cargó la responsabilidad de realizar la convocatoria y tomar contacto con los expresidentes Paz y Siles, pero esto último no pudo ser cumplido.
 
10.30
Comienza la reunión aún con cierto ánimo de incredulidad por el golpe militar, pero aun así se redacta un comunicado anunciando la resistencia civil en los lugares donde los militares se habrían alzado en armas. Los periodistas de Última Hora, que en ese entonces era un vespertino, logran una copia del documento y la publican en su edición del mediodía.
 
10.45
Ante la duda de si era un hecho aislado o una asonada militar golpista, Lechín toma el teléfono y llama a la Central Obrera de Santa Cruz para confirmar  la noticia. La respuesta antes de colgarle fue: “Hijo de puta…”.
 
10.50
Lechín sugiere cambiar de local porque tenía información de que la arremetida militar se ensañaría con la COB, dato que manejaba, al menos, durante la última semana. “Lo curioso es que nadie, conociendo el informe de buena fuente, aceptó cambiar de lugar”, contará después.
 
11.00
Redactado por Marcelo Quiroga, con Óscar Eid como improvisado escribano, se elabora el comunicado final. En él se anuncia una huelga general indefinida a partir de las 15.00 de ese día y el bloqueo nacional de caminos, a cargo —en primera instancia— del sector campesino liderado por Genaro Flores.
 
11.20
Los periodistas salen en estampida de la COB en busca de un teléfono para realizar sus despachos, ocupando en primer lugar el único teléfono monedero de la sede sindical. “Curiosamente, también salen los representantes del MNR”, recuerda Soria Galvarro.
 
11.30
Cuando los miembros del Conade estaban a punto retirarse, tocan la puerta los periodistas de la televisión estatal, solicitando reinstalar la reunión para una nueva lectura de la resolución, a la que los presentes accedieron molestos, encargando dicha lectura a Simón Reyes.
 
11.35
Irrumpe en la sede de la COB un grupo de paramilitares con poleras de cuello alto escondido en ambulancias de la Caja Nacional de Seguridad Social.
 
11.40
Cuando Reyes leía el segundo párrafo del comunicado, se produce la primera ráfaga de ametralladora que triza los vidrios de las ventanas que quedaban inmediatamente después de los líderes políticos y sindicales. En ese momento, Marcelo envía a Cayetano Llobet a buscar una salida detrás del edificio. La respuesta es negativa. El ataque a esa altura ya era “desproporcionado”, como recordará luego Llobet. “Estampida general, todo el mundo corre, o más bien se arrastra, hacia arriba, hacia abajo, atrás, adelante. Pero es inútil, estamos rodeados. El edificio de la COB se ha convertido en una auténtica boca de lobo. Marcelo, desde el suelo —su palidez era la palidez de la muerte— enseñándome su revólver: ‘esto es pretexto para que me limpien...’ Sí hermano –le dije– moviendo la cabeza antes que hablando, mientras veo que su mano de artista alcanza al de su lado el pequeño objeto metálico que pasa de mano en mano y es ocultado en los escombros”, relata el periodista Carlos Soria Galvarro, en Vista al Mar.
 
Todos, atemorizados, agudizaban su instinto de supervivencia buscando una salida... Lechín comentó que lo más prudente sería trasladarse al fondo del edificio de la Federación de Mineros, donde había una pared divisoria no muy elevada. Con tal fin descendió las gradas hasta toparse con el capitán Hinojosa, conocido como capitán “Veneno”, responsable del operativo junto con el teniente Saúl Pizarroso, quien finalmente lo condujo a un jeep, de esos sin placas y vidrios polarizados, y luego al Estado Mayor. Al salir vio alrededor de 8 ó 10 paramilitares y, más abajo, una larga fila de ambulancias. Había comenzado la operación Mercurio, como la llama Hugo Rodas, el biógrafo de Marcelo.
 
12.00
Cuando el resto yacía echado, Germán Crespo, representante de la iglesia metodista gritó: “No disparen, estamos desarmados”. La respuesta fue inmediata: “Colóquense en fila de uno y pongan las manos en la nuca”. En ese momento ingresó gente armada, obligando a desocupar el ambiente. Se oyó una ráfaga: el primero en caer fue el dirigente sindical minero Gualberto Vega.
 
12.10
Según el relato de Crespo, quien hasta ese momento no se había separado de Marcelo, siguiéndolo por detrás, todos lograron descender el primer tramo de las escaleras hasta una especie de descanso inicial, momento en el que se presenta una de las personas armadas, reconoce a Marcelo y le pone el cañón de la ametralladora debajo del mentón. Según Hugo Rodas, esa persona fue el encargado de vigilarlo durante los meses previos al golpe de Estado (1979-1980), el oficial de Policía (DIN) Gerardo Sanjinez Rivas (“Adela”). La respuesta instintiva de Marcelo es gritar “¡No!”... Todos llegan al segundo piso, donde estaba el salón de la COB.
 
12.15
“En ese momento hubo un jaloneo, un intento para apartar a Marcelo hacia otro lugar del descanso”, refiere Crespo. A decir de Rodas, en este forcejeo intervienen dos oficiales de Ejército y ex guardaespaldas de Banzer: Felipe Froilán Molina Bustamante (“Killer”) y Franz Pizarro Solano (“Chapaco”). No logrando del todo su objetivo, hacen que Marcelo continúe el descenso, avanzando unos cuatro o cinco escalones más. “No sé —dice Crespo— si por la intuición de sentir que no había nadie detrás de él, por un sentido de desprotección o simplemente porque evidenció algo, en ese momento dio la vuelta apartando las manos de la nuca”. Pizarro Solano, que se encontraba a no más de un metro disparó un tiro en el pecho de Marcelo que lo hizo tambalear y luego desplomarse sobre las gradas... “Carlos Flores Bedregal (POR) que precedía a Quiroga Santa Cruz en la fila, intentó auxiliarlo, siendo mortalmente alcanzado en la cabeza por una ráfaga consecutiva, disparada por Molina Bustamante, que llenó de humo ligeramente azulado el descanso del segundo piso de la sede sindical”, referirá Rodas...
 
12.20
El resto continuó hacia la calle, donde 20 metros más abajo, en El Prado, los esperaba una fila de ambulancias. “Me acerqué, le levanté la quijada, los cabellos estaban perfectamente ordenados, y cuando le levanté pude sentir que había una palidez, pero no era frialdad de cadáver, y logré ver cómo, con un gran esfuerzo, levantaba sus ojos”, recuerda Noel Vásquez.
 
12.25
Al salir en la calle, Óscar Eid logra desprenderse del grupo para correr hacia un edificio contiguo. “Después Eid me diría: ‘No fue mi mente la que decidió escapar, fueron mis pies’", recuerda Soria Galvarro.
 
12.30
El resto del grupo es conducido en una caravana de ambulancias del Seguro Social de la Central Obrera Boliviana al Estado Mayor. El capó celeste de una de ellas distinguiría al vehículo donde era transportado Marcelo... En el trayecto “es despojado de sus documentos y objetos personales por el suboficial militar Froilán Molina y sometido a una inmisericorde golpiza en el rostro y la cabeza por el policía Gerardo Sanjinez y los paramilitares Percy Zuazo, Alfredo Aburdene (“Camba”) y Rubén Darío Fuentes Simons (“Oriental”), a quienes, al parecer, alentaba el coronel argentino Jorge Alberto Muzzio (encubierto por la CIA como Muccio en documentos parcialmente accesibles décadas después, “desclasificados”)”, se lee en la obra de Hugo Rodas: “Marcelo, el socialismo vivido”. El relato sigue:
 
13.00
“Malherido, el dirigente socialista será entregado al coronel Luis Arce Gómez y al médico a cargo en enfermería del Estado Mayor, quien asesorará la prolongación de las sesiones de tortura posteriores, en presencia de jefes militares bolivianos y oficiales de la siniestramente conocida Escuela de Mecánica de la Armada Argentina (ESMA) como Julio César Durand, colegas del luego ministro del Interior boliviano, Arce Gómez...”.
 
15.00
María Soledad, su primogénita, se entera en Cochabamba —donde estudiaba— sobre el asalto a la COB. “Me preocupé porque en mi familia sabíamos que mi padre corría mucho riesgo”.
 
17.00
A esa hora, aproximadamente, según el libro de Rodas, muere Marcelo. “Su cadáver fue fotografiado por orden de un asesor de Inteligencia que había efectuado cursos en Buenos Aires y dirigiría la campaña psicológica y desinformación del régimen (Gregorio Loza Balsa) y el principal jefe policial de la Operación Cóndor en Bolivia, proveniente del banzerismo (coronel Guido Benavides Alvizuri). El cadáver fue envuelto en una manta militar del Ejército (ploma, con vivos verdes) al igual que el del militante Carlos Flores que intentara auxiliarlo en la COB; ambos fueron depositados en una pieza del cuartel de Miraflores, desde donde fueron accidentalmente enviados a la morgue del Hospital de Clínicas cuando otros dos cadáveres cubiertos fueran introducidos al mismo recinto militar. Los mismos paramilitares que se confundieran debieron corregir el error, secuestrando esta vez sólo el cadáver de Quiroga”.
 
18.00
“La orden de desaparecer los restos para evitar que se conociera la tortura a que fue sometido el líder socialista, se cumplió, correspondiendo a uno de los suboficiales de mayor confianza de Arce Gómez (a cargo del Diario del Che Guevara), Raúl Solano Medina, solicitar al Departamento IV del Estado Mayor la provisión de más de un turril de gasolina (cerca de 300 litros). El cadáver de Marcelo ardió junto a unos neumáticos durante la noche y madrugada, hasta el amanecer del día siguiente, 18 de julio, sin llegar a calcinarse…”, dice Rodas.
 
Es acá donde la historia involuciona a rumor o rumores sobre el paradero del cuerpo de Marcelo, que tiene más de una decena de versiones conocidas en 37 años de desaparecido, entre ellas la de la Tumba Deshabitada.

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