La salud en Bolivia está enferma

*Abdel Padilla
 
La salud pública en Bolivia tiene un mal crónico: nadie confía en ella.
 
Ni el resignado afiliado a la Caja Nacional que lleva semanas en busca de una cama en el Hospital Obrero, ni el señor Presidente, que para operarse eligió La Habana antes que el hospital de Clínicas, de La Paz.
 
Desconfía el paciente que paciente hace fila desde las tres de la mañana para que a las diez le digan: “vuélvase mañana”. Y desconfía la esposa del Vicepresidente, que dio a luz en una clínica privada.
 
Nadie cree en la salud pública de Bolivia porque miente: no es pública, es privada. La gratuidad no es la regla, es la excepción.
 
Cuánto cuesta una vida en un hospital de Bolivia. Hace algún tiempo, en El Alto, una madre de un niño de 10 años habló de un precio: 3.500 bolivianos (500 dólares), el costo de una cirugía de apéndice. Cuando le dijeron que su hijo debía operarse de emergencia, ella respondió: “Que se muera nomás… Apenas vivo con 10 o 20 bolivianos al día (menos de 3 dólares), y a veces estamos sin comer” (Página Siete).
 
Porque no es lo mismo morir, que morir de hambre. Y de hambre murió hace poco una niña de 12 años, con desnutrición extrema y en extrema pobreza. Coincidencia o no, también en El Alto.
 
Cuando un niño muere, triunfa el mal, pero cuando muere de hambre, el mal se ha encarnado… en todos nosotros.
 
De nosotros –y no de las instituciones del Estado– dependen muchas vidas en Bolivia: de la colaboración, la buena voluntad, el corazón amigo y la mano generosa. Dependen del trabajo silencioso de los voluntarios y las trabajadoras sociales en los hospitales, y de las campañas solidarias en medios de comunicación y redes sociales.
 
Y si la desconfianza es crónica, la falta de atención es terminal, criminal.
 
Al final –como dicen las abuelas– "la plata se consigue”, pero en nuestro país algunos servicios de salud no se obtienen ni con dinero, porque no existen. Lo que hay son equipos quirúrgicos de museo y museos que valen como equipos de última generación.
 
La mejor prueba de que la salud boliviana está en terapia intensiva no son nuestros subcampeonatos regionales de mortalidad materna e infantil, donde sí hubo importantes avances los últimos años, sino la cantidad de “exiliados” –hombres, mujeres y niños enfermos–, que todos los días son “expulsados” a otros países por un sistema que los desahucia prematuramente.
 
Muchas de estas personas son enfermos de cáncer, una enfermedad silenciosa que no distingue edad, credo, color de piel o credencial política, y que ha puesto contra las cuerdas a los pocos oncólogos que tenemos y obliga a los enfermos a mendigar por equipos y medicamentos.
 
Los que logran dejar el país –porque no todos lo logran– deberán enfrentar un doble drama: la enfermedad y el destierro. De la primera, se encarga el Estado amigo, de lo segundo, solo Dios.
 
Como fuere, quienes logran salir –y en la lista hay incluso ministros– son privilegiados porque afuera encuentran algo que en Bolivia les es negado: el derecho a la salud.
 
La salud pública en Bolivia está enferma porque todos la hemos abandonado: los gobiernos ausentes y los políticos presentes, los que marchan de blanco en la mañana y en la tarde atienden sus consultas privadas, los sindicalistas que se hacen ricos a nombre de los que siguen pobres, y los medios y periodistas que hoy cuentan enfermos y mañana contarán muertos.
 
Si Bolivia necesita una revolución, es por la salud. Para ello requerimos las dos manos, la izquierda y la derecha. Contra la desconfianza, la corresponsabilidad. Contra la soberbia, la humildad de reconocer que se ha avanzado, pero que no es suficiente. Más hospitales no significa necesariamente mejor salud.
 
Y si bien debe quedar claro que la mayor responsabilidad es del gobernante de turno, lo único que falta para desconectar el respirador de nuestra salud pública, es caer en la arrogancia mortal de culpar al otro en lugar de preguntarse: “qué puedo y debo hacer yo”.
 
En este momento, cada uno de nosotros tiene una piedra en cada mano: una para lapidar y otra para construir. Cada quien elige qué piedra usar.
 
*Abdel Padilla es periodista

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