Marcelo Quiroga Santa Cruz, la idea y el hombre

* Sebastián Antezana
 
Hablar hoy de Marcelo Quiroga Santa Cruz, desde la tensión de la distancia histórica y la cercanía emocional, es una tarea complicada. En mi caso es doblemente complicada, además, porque al escribir sobre Marcelo no solo entra en juego esa tensión sino también el hecho de no haberlo conocido –nací después de su muerte–, pero pese a ello de conocerlo por el parentesco familiar que nos une.
 
Hay aún una tercera dimensión de esta dificultad referencial, que se expresa en una serie de preguntas ineludibles: ¿qué se puede decir sobre el hombre, el escritor, el líder político, que no se haya dicho ya hasta el cansancio en estos 37 años desde su muerte?, ¿qué se puede agregar sobre su asesinato, la desaparición de su cuerpo y el indigno tratamiento que han recibido desde entonces?, ¿cómo condensar en pocas palabras la pérdida pública y privada que significa y la añoranza que se siente por la que debió haber sido la continuación de su trayectoria?
 
La problemática por la singularidad del referente que es Marcelo no termina allí. Hablar de él es, también, hablar de casi todo el siglo XX boliviano y latinoamericano, de sus luces y sombras y sus zonas de gris. Es referirse a una persona que supo conjugar las figuras del político y el intelectual, un hombre revolucionariamente inteligente, con una marcada vocación de justicia social y una emocionalidad profunda. Es citar a alguien con una relación muy cercana con el lenguaje, tanto hablado –Marcelo fue un gran orador, un tribuno consciente del peso histórico de las palabras– como escrito –fue también un escritor muy destacado en los campos de la literatura, el ensayo político y el periodismo editorial–.
 
Hablar hoy de Marcelo, desde la añoranza, el cariño, la historia política o los estudios literarios, es confirmar que cuando un hombre es una idea, un quiebre, una crisis afortunada, es más una serie de preguntas que una de respuestas. Así, ¿cómo se puede, en efecto, hablar de Marcelo y los que como él mueren, cuando los que como él mueren son los que hablaban, la punta de lanza de un lenguaje que, desde su muerte, no ha vuelto a tener la misma relevancia, la misma profundidad, la misma honestidad? ¿Cómo habitar su figura histórica, deshabitada por su cuerpo, desasociada incluso de su nombre por la repetición, la manipulación prebendal y el paso del tiempo que, al mismo tiempo, consagra, difumina y falsea? ¿Cómo volver a una época en que personas como Marcelo existían y eran relevantes por su acción pública y no por el peso de su memoria, cómo experimentar, otra vez, esa atmósfera política, esos marzos, esas coordenadas que permitían a partes iguales el pensamiento utópico y la actividad revolucionaria?
 
Desde luego, no hay respuesta posible para estas preguntas, porque la retórica no exige respuestas.
 
Más allá de ella, y más acá de las interrogantes, Marcelo fue, es, un hombre indiscutiblemente valioso para el país no solo por su rol político, truncado, ni por su trayectoria literaria y periodística, siempre relevante pero también quebrada, sino sobre todo por su calidad de hombre honesto, de personalidad convencida de la necesidad de justicia social, de líder consecuente que consideró la función pública –desde sus muchas aristas– como una profunda responsabilidad con los demás.
 
Pese a su desaparición, esta actitud suya, esta postura frente a la vida, no se ha visto truncada sino que permanece, de distintas formas, como marca de alguien que, considero, se ha convertido más en una idea que una figura histórica. Una idea, justamente, o un ideal, de consecuencia ideológica, equidad social y valor político. Este es, quizás, el más importante de los legados revolucionarios de Marcelo.
 
Finalmente, algo más, ahora a otro nivel.
 
Hace 37 años que emboscaron a Marcelo en el edificio de la COB, que lo balearon, lo torturaron, lo asesinaron y desaparecieron sus restos.
 
Ningún gobierno desde entonces, incluido el presente, ha tomado acciones suficientes como para devolver su cuerpo a la familia. Ningún gobierno desde entonces, incluido el presente, ha adoptado medidas serias para desagraviar ese crimen mediante la interpelación directa a los mandos militares, culpables de su muerte. Algunos gobiernos, por otra parte, incluido el presente, no solo no han recuperado su cuerpo sino que se han apoderado también de su nombre, citándolo a conveniencia, bautizado con él leyes nuevas (pese al pedido de su familia) y así tratando de vaciar de contenido uno de los símbolos definitivos de la historia política boliviana.
 
Pero lo más doloroso para su familia no es el símbolo sino el hombre, y lo que queda de ese hombre, luego de 37 años, todavía se guarda bajo triple secreto y todo parece indicar que así permanecerá, porque ningún gobierno desde 1980, incluido el presente, que se precia de ser un gobierno de cambio, un gobierno de viraje histórico que mira hacia adentro y quiere recuperar todo aquello significativo para la memoria y el futuro nacionales, es capaz de solucionar un crimen cobarde como el asesinato de un hombre valiente.
 
Yo nunca conocí a Marcelo pero lo conozco por todo lo que aprendí de él. Yo nunca lo conocí pero ya lo conozco bien y lo quiero. Y, como muchos, quiero que se encuentren sus restos y se interpele directamente a las instituciones culpables de su pérdida. Que cada 17 de julio sirva para recordarlo y para recordar esta demanda histórica imprescriptible.
 
 
* Escritor y nieto de Marcelo Quiroga Santa Cruz

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